Años nuevos eran los de antes,
cuando uno se prometía a si mismo un año mejor y se lo deseaba sinceramente al
otro. Hoy, en algún lugar de nuestro ser, sentimos que por ahí si le va bien se
queda con una parte del beneficio que me tocaba a mi, la comunidad parece ir
siendo reemplazada por un enorme mercado de individuos.
La artificialidad del
clásico “¡felicidades!” condensa la supervivencia meramente formal de alguna
forma de moral hacia el prójimo. Hoy nuestros buenos deseos -y hasta las solidaridades
concretas- persisten de forma residual, como practicas farisaicas, sin
sensibilidad alguna.
Sin embargo, estas prácticas
vacuas parecen mostrar que aun no nos hemos entregado a un desenfreno egoísta, todavía
portamos imperativos solidarios -intenalizados en nuestras socializaciones, en
las que fuimos construido como seres- a través de normas y ritos cumplidos
artificialmente y con fastidio, dejando en nuestras emociones tan sólo una
sensación de pesadez.Se trata sólo de un hilo de solidaridad, pero sin contenido alguno, sólo persiste como deber a cumplir economizando su realización al máximo, hasta donde la satisfacción de nuestras conciencias lo permite.
La sociedad nos va condenando a la individualidad más absoluta, pero a su vez no obliga a cumplir con los mínimos necesarios para que el colectivo subsista lo suficientemente como para que sigan existiendo los individuos.
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